San Peregrino

San Peregrino Laziosi nació en Forlí, Italia, el año 1265. Peregrino era hijo único, muy amado por sus padres quienes eran personas sabias y llenas de dones espirituales y de virtudes.

Su infancia y juventud transcurrió en tiempos difíciles, marcados por guerras civiles y también por rebeliones contra el Papa. Forlí pertenecía al estado pontificio, sin embargo, existían dos fuerzas opositoras los güelfos y gibelinos.

En el año 1282, dicha ciudad se reveló contra el Pontífice. El Papa castigó a la ciudad con la excomunión.

Durante ese tiempo, Fray Felipe Benicio, Superior General de los Siervos de María, visita los conventos para animar a los religiosos a una vivencia más plena del Evangelio; llegó a Forlí no sólo como visitador de la Orden, sino también como embajador del Papa, para exhortar a la gente a  la obediencia y sumisión.

Como existían todavía sobre la población las sentencias canónicas y las llagas estaban abiertas, las palabras del predicador, llamando a la pacificación, no encontraron ningún eco, sino que, más bien, excitaron los ánimos y provocaron una reacción violenta. Las autoridades condenaron a Fray Felipe a abandonar la ciudad. Su misión no tuvo éxito, fue abofeteado y expulsado de la ciudad por algunos jóvenes entre los cuales se encontraba Peregrino, un muchacho de 18 años que era bastante desenfrenado, atrevido, orgulloso y jactancioso; incitado por sus compañeros, en medio de la gritería general, se acercó al fraile y le pegó una cachetada en el rostro mientras éste estaba predicando.

Fray Felipe, como recomendó Jesús, le mostró la otra mejilla. La actitud humilde de fray Felipe, llamó poderosamente la atención de Peregrino, que entonces se acercó para pedirle perdón encontrando una cariñosa acogida. Este encuentro marcó profundamente a Peregrino, de modo que empezó a dar una nueva dirección a su vida.

Peregrino, se puso bajo la protección de la Virgen Maria e inició un proceso de conversión. La conversión es siempre fruto de la gracia de Dios; pero suelen intervenir la reflexión del interesado, las oraciones de algún amigo, los consejos de algún familiar. Fortalecido por este firme y santo propósito, un día se dirigió a la iglesia de Santa Maria de la Cruz. Se detuvo largo tiempo, con una actitud devota, ante la imagen de la Virgen María y le suplicó que se dignara mostrarle la vía de su salvación. De inmediato se le apareció la bienaventurada Virgen, adornada con vestidos preciosos y finos, y le habló de la siguiente manera: “Yo también deseo, hijo mío, dirigir tus pasos en el camino de la salvación”.

Unos años después, al sentir el llamado del Señor a la vida religiosa, a los 30 años, solicitó el ingreso en la Orden de los Siervos de María, para ponerse al servicio de Dios. Realizaba muchas penitencias con ayunos, oraciones y permanecía mucho tiempo de pie.

Desde su encuentro con San Felipe, la Virgen María pasó a ser su Señora y Maestra. Ella le inspiró la vocación de servicio y de amor a Dios y al prójimo, lo fue guiando en la lectura asidua de la Palabra de Dios y en el seguimiento de Cristo. Su vida religiosa la desempeñó siempre con gran alegría y generosidad; fue hombre de gran oración, penitencia y caridad. Dedicó gran parte de su vida al trabajo con los más humildes y con los enfermos, a quienes los visitaba y acompañaba en el sufrimiento. Dedicaba gran atención a los familiares de los enfermos con quienes compartía el dolor y los fortalecía con sus oraciones y su cercanía.

A los 60 años, debido a sus largas penitencias (ayunos, dormir en la tierra,  y especialmente el estar de pie por mucho tiempo), contribuyeron a que contrajera una enfermedad cancerosa en la pierna derecha.

El médico Paolo Slaghi, en aquel tiempo médico de confianza de la comunidad de los frailes Siervos de María de Forlí, era quien atendía periódicamente a Peregrino utilizando varios medicamentos, principalmente compuestos de hierbas y pomadas, intentando así, curar su pierna enferma. Pero, al cabo de un tiempo, la pierna no se recuperaba y la enfermedad cancerosa en cambio se propagaba cada vez más incluso hasta provocar que su cuerpo emitiera un olor tan desagradable que era intolerable, aún para los que lo asistían. Y fue así que, consultando el parecer del superior de la comunidad, se llegó a la conclusión de que para salvar la vida del Santo, era necesario amputar la pierna cuanto antes, estimando conveniente sacrificar un miembro y no dejar que todo el cuerpo pereciera. Y concordó con el superior realizar esta operación al día siguiente.

Durante esa noche, después de haber reflexionado largamente sobre aquella decisión, Peregrino recurrió a Jesucristo, su Salvador. Se levantó como pudo y por sí solo se arrastró con fatiga hasta la sala capitular, donde se encontraba una gran imagen de Jesús crucificado; a Él se dirigió suplicante. Y atormentado por la enfermedad y el cansancio, se durmió, y durante el sueño vio a Jesús crucificado descender de la cruz y librarlo de todo el mal de su pierna. Al momento despertó, y se dio cuenta de que su pierna estaba sana y robusta como si nunca hubiera estado enferma. Después de dar gracias al Dios todopoderoso por tan extraordinario don, regresó a su habitación.

A la mañana siguiente, apenas amaneció, llegó el médico con los instrumentos y las pomadas para realizar la amputación de la pierna. El médico se asombró tremendamente cuando comprobó lo ocurrido; ningún tumor ni cáncer, y dijo a sus asistentes: “¡Qué gran milagro!”.

El médico partió enseguida a anunciar los prodigios de Dios en favor de aquel siervo suyo, divulgando la noticia por toda la ciudad. Muy pronto la fama de tan singular acontecimiento se propagó ampliamente y causó grandísima veneración de todos hacia el amigo de Dios, Peregrino. Él, fortalecido aún más por este evento, siguió con todas sus fuerzas el camino del Señor, anhelando los gozos eternos preparados para todos los que observan los saludables preceptos divinos.

Peregrino murió en Forlí, su ciudad natal, el año 1345, a la edad de 80 años, por causa de una fiebre muy alta. Su alma fue conducida a la felicidad del paraíso por los bienaventurados Felipe de Florencia y Francisco de Siena, de la misma Orden, y por la Virgen María. Apenas después de la muerte de Peregrino, su cuerpo inanimado exhaló un suavísimo perfume, y los presentes quedaron maravillados de aquella extraordinaria fragancia.

Mientras la sagrada morada de aquella alma ya triunfante yacía en el féretro, colocado en el coro, la muerte del santo era ya conocida por todos los habitantes de Forlí, como si hubiera sido anunciada por un mensajero. Muchos deseaban ver el venerable cuerpo expuesto en el coro.

Aquella noche, la multitud acudía de todas partes, de los distintos condados, atraídos por la fama de aquel siervo de Dios. Las puertas de la ciudad no se cerraron a causa del constante ir y venir de sus habitantes. No faltó la confirmación mandada desde el cielo de la santidad del beato Peregrino, a través de sus milagros. Actualmente, su cuerpo se conserva incorrupto en la Iglesia de los Siervos de María en Forlí. Peregrino fue santificado por el papa Benedicto XIII en el año 1726.

Popularidad de San Peregrino:

    • Gracias al apostolado de los Siervos de María, la devoción a San Peregrino se propagó en muchos lugares. En varias ciudades de Italia como así también en otros países como Hungría, Austria, África y Alemania.
    • En Barcelona (España), la devoción se concentra en la iglesia de Nuestra Señora del Buen Suceso.
    • En Brasil, la Misión y la Prelatura del Alto Acre, Purús, San Pablo y Turvo están dedicadas a nuestro Santo.
    • En Chicago (Estados Unidos), en el año 1993, se erigió el santuario nacional de San Peregrino, al que acuden numerosos enfermos de cáncer
    • En Manila (Islas Filipinas), se le dedicó una parroquia en una barriada muy pobre y necesitada.
    • En Buenos Aires (Argentina), en dos lugares: Quilmes Oeste y en Devoto.